CRUZADA CONTRA LA HEREJÍA CÁTARA

LA CRUZADA CONTRA LA HEREJÍA CÁTARA

El catarismo  fue ante todo una religión cristiana que afirmaba ser portavoz del auténtico mensaje de Cristo. 

   Disponemos de una carta enviada a Bernardo de Claraval por el preboste Evervin de la abadía de Steinfield (diócesis  alemana de Colonia), en 1147, en el que se alude a un grupo de cristianos considerados herejes:

Recientemente, en nuestra casa, cerca de Colonia, se han descubierto herejes, algunos de los cuales, para nuestra satisfacción, han vuelto a la Iglesia. Dos de entre ellos, a saber, aquellos a los que llamaban el obispo y su compañero, se nos han enfrentado en una asamblea de clérigos y laicos, en la que estaba presente su ilustrísima el arzobispo con personas de la alta aristocracia; ellos defendían su herejía con las palabras de Cristo y de los apóstoles (…) Cuando se hubo oído esto, se les amonestó por tres veces, pero ellos rechazaron arrepentirse; entonces, a pesar nuestro, fueron llevados por un pueblo con demasiado  celo,  arrojados al fuego y quemados. Y lo que es más admirable, es que entraron en el fuego y soportaron sus tormentos no solo con paciencia, sino incluso con alegría. Sobre este punto, Padre santo, quisiera, si estuviera cerca de ti, tener tu respuesta de ¿por qué estos hijos del diablo pueden encontrar en su herejía, un valor semejante a la fuerza que la fe en Cristo inspira a los verdaderos religiosos?

Según el testimonio de Evervin, estos “hijos del diablo”, decían de sí mismos que eran la Iglesia de Cristo, heredera de la tradición apostólica, porque ellos seguían a Cristo, y que eran los verdaderos discípulos de la vida apostólica, porque no buscaban el mundo ni poseían casa, ni campos, ni dinero alguno, así como el propio Cristo no poseía nada ni permitió a sus discípulos que poseyeran nada. Afirmaban que “no son de este mundo”. Evervein señala también que bautizaban y eran bautizados, no con agua, sino con el fuego y el Espíritu, invocando el testimonio de Juan Bautista. Tal bautismo lo llevaban a cabo por imposición de manos, a través del ritual conocido como “Consolamentum”. En realidad, los “herejes cátaros”, cuestionaba los sacramentos de la Iglesia de Roma, decían que no era necesario bautizar a los niños, ni rezar por los muertos, ni pedir la intersección de los santos (a finales del siglo XII, Matfre Ermengaud de Bézier, en su tratado contra los herejes, señala que de todos sus errores, el de mayor trascendencia era la interpretación del sacramento de bautismo).

  Según el testimonio de Evervin, la estructura de la Comunidad de los  herejes, comprendía tres niveles: “los elegidos” (los que habían recibido el “Consolamentum”, los “perfectos”, el grupo más interior), “los creyentes” (los que seguían las doctrinas, pero no habían sido bautizados), y “los oyentes” (los que escuchaban las predicaciones de los herejes). Señala el preboste que tales herejes tenían su propio Papa y que, incluso entre  las mujeres, había “elegidas”.

   Los cátaros utilizaban profusamente el Nuevo Testamento, así como algunos libros del Antiguo, si bien mostraban una clara predilección por el Evangelio de Juan. Igualmente, tenían en muy alta estima la oración del “Padre Nuestro”, considerando a Cristo como el medio por el que Dios se revelaba a la humanidad.

LA CRUZADA CONTRA LA HEREJÍA CÁTARA 1
Expulsión de los habitantes de Carcassona en 1209, iluminación del libro Grandes Chroniques de France (ca. 1415), British Library.

Sin embargo, las interpretaciones que los cátaros hacían de las Sagradas Escrituras, desataron muy pronto  la ira de la ortodoxia romana, hasta el punto de que el Papa Inocencio III organizó una cruzada con el fin de   acabar con lo que se considera herejía cátara. Así, en  el año 1209, un ejército de unos 30.000 soldados devastó el sur de Francia. Solo en Béziers, una de las primeras ciudades en caer, fueron exterminados más de 15.000 hombres, mujeres y niños.  Los cruzados, bajo el liderazgo de Simón de Montfort,  sembraron el terror y propagaron  la quema colectiva de  miles de “buenos hombres”. 

   Cabe preguntarse qué horribles crímenes justificaban tan crueles persecuciones y matanzas. Bernardo de Claraval, tenido por santo por la Iglesia romana, y declarado enemigo del catarismo, en sus sermones 65 y 66 sobre el Cantar de los Cantares (muy probablemente teniendo en mente la carta que le envío Evervin) compara al hereje (cátaro) con una raposa que disimula sus actos:

“Si los interrogáis por su fe, nadie parece más cristiano que esos herejes. Si observas su modo de vivir, le encontrarás irreprensible en todo; y lo que predica lo prueba con sus obras. Verás que frecuenta la iglesia como testimonio de su fe, honra a los presbíteros, da sus limosnas, se confiesa, participa en los sacramentos. ¿Hay alguien más fiel?

Repasando su vida y costumbres, con nadie es violento, a nadie envuelve , con nadie se sobrepasa. Además palidece por los ayunos, no come su pan de balde, trabaja con sus manos para ganarse la vida”.

Pese al tono irónico del texto, el retrato moral que hace Bernardo de Claraval no puede ser más encomiástico para unos hombres y mujeres que son tachados de herejes y agentes del  diablo.

   La realidad es que el cristianismo de los cátaros y su forma práctica de vivirlo amenazaba las estructuras dogmáticas de la iglesia ortodoxa, pues los “buenos hombres”, no creían en el bautismo por el agua, ni en la eucaristía, ni en ningún otro sacramento de la iglesia católica romana. 

LAS DIFERENCIAS ENTRE EL BAUTISMO ROMANO Y EL CÁTARO

En los registros de la Inquisición, se encuentran recogidas las palabras del cátaro Pierre Authié, quien al predicar en la casa de la familia Péire, en Arques, explicó las diferencias entre el bautismo Romano y el cátaro con las siguientes palabras:

El bautismo de la Iglesia romana no vale nada -–dijo así–, puesto que se hace en el agua materia y porque en el curso de este bautismo se dicen grandes mentiras; preguntan efectivamente al niño: ¿quieres ser bautizado? Y responden en su lugar que sí quieren, lo cual no es cierto, mientras él, por el contrario, llora. Luego, le preguntan también si cree esto o aquello y responden por él que sí cree y, sin embargo, no cree en nada, puesto que no tiene uso de razón. Le preguntan si renuncia al diablo y a sus pompas, y responden por él que sí, y, sin embargo, no renuncia a nada, puesto que empieza a crecer, a decir mentiras y a cometer diversas obras del diablo… En cambio, nuestro bautismo sí que es bueno, puesto que es de Espíritu Santo y no de agua, y porque somos mayores y estamos dotados de razón cuando lo recibimos, y por este bautismo, nos convertimos en Hijos de Dios1

Sibelly Péire, en su interrogatorio ante la Inquisición, cita las palabras pronunciadas por el mismo buen hombre respecto a la consideración que le merecían las iglesias católicas romanas.

(…) son las casas de los ídolos, explicaron, llamando ídolos a las estatuas de los santos que hay en las iglesias. Y los que adoran a estos ídolos son tontos, puesto que son ellos mismos quienes han hecho esas estatuas, ¡con un hacha y otras herramientas de hierro!2

Vemos así que los cátaros, cuya iniciación, se llevaba a cabo en la más estricta austeridad y, muy a menudo en cuevas, rechazaban las imágenes de los santos, vírgenes, y del mismo Jesús,  consideradas sagradas, cuando no eran sino obras del propio hombre.

   Para los cátaros, la verdadera Iglesia, no era un espacio exterior, consagrado a la oración, sino que debía buscarse en lo más interior del ser humano.

   En la deposición de Arnaud Sicre ante el inquisidor Jacques Fournier, se citan unas palabras de un campesino afiliado a la causa cátara, el cual expone que:

El corazón del hombre es la verdadera Iglesia de Dios, no la iglesia materia3

La cita nos permite comprender que los cátaros eran muy concientes de que el hombre que busca a su Dios, no debe  afanarse buscando fuera de sí, sino en lo más profundo  de su corazón. Por otra parte, los cátaros  no admitían que Cristo tuviera cuerpo humano, lo que equivalía a decir que Jesús no era Cristo. Tal concepción queda muy  patente  en las palabras  de  Raymonde Bézarza, quemada en 1270, quien dice:

“El Cristo no tuvo un cuerpo humano, ni una verdadera carne humana. La virgen María no fue verdaderamente, la madre del Cristo ni siquiera una mujer real. La Iglesia Cátara es la verdadera virgen María: verdadera penitencia, casta y virgen, que lleva al mundo a los hijos de Dios4.

El  gran inquisidor en el Sabarthez, Bernard Gui, en su Práctica inquisitionis, p. 238, recordando sus muchos interrogatorios de cátaros, escribe:

“En cuanto a la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, en el seno de la bienaventurada María, siempre virgen, ellos la niegan. Pretenden que el Cristo no ha tenido un verdadero cuerpo humano, ni una verdadera carne humana, como todos los otros hombres. Niegan que la Virgen María haya sido verdaderamente la madre de nuestro Señor Jesucristo, e incluso una mujer real. Dicen que es su propia secta la que es la Virgen María, es decir la verdadera penitencia, casta y virgen,  que lleva al mundo a los Hijos de Dios”.

Para entender la concepción  cátara sobre el cuerpo de Cristo, hay que tener muy presente que los cátaros diferenciaban muy claramente entre la entidad Jesús, y Cristo. Para ellos, Cristo, como entidad macrocósmica, no tuvo nunca, ni podrá  tener jamás,  un cuerpo humano. Cristo, sin embargo, sí pudo manifestarse en la personalidad  de Jesús y actuar a través dela misma, pero en ningún caso confundían el cuerpo de Jesús con el propio Cristo.

   De modo similar, los cátaros diferenciaban claramente entre la Virgen Maria, como madre de Jesús, y  la Virgen María como  Iglesia, es decir como cuerpo electromagnético puro donde poder llevar a cabo  el nacimiento del Cristo interior. 

   Es evidente, según sus concepciones, que la Virgen María, mujer, si bien pudo ser la madre de Jesús, no pudo ni podría ser nunca la madre del Cristo macrocósmico.  En hebreo, los nombre de María son: Miriam o Mariah. El primero significa la muerte que engendra y la vida que hace morir; el segundo significa: muerte y resurrección en Dios. María alude por tanto a la Madre Original, el lado femenino de la Palabra hecha carne, los nuevos éteres puros que se manifestaban al interior de la Iglesia cátara y por cuya intervención, los buenos hombres, tras un largo proceso de purificación,  podían dar nacimiento al Cristo interior.

LOS SACRAMENTOS CÁTAROS

La deposición de Pierre de Gaillac ante el inquisidor Geoffroy de Ablis, nos permite entender el concepto que tenían los cátaros sobre la comunión y sobre la comunión católica romana:

Decían que el pan puesto en el altar, y bendecido con las mismas palabras que el propio Cristo utilizó el día de la cena con sus apóstoles, no era el verdadero cuerpo de Cristo y que, al contrario, es un escándalo y una superchería afirmarlo, puesto que ese pan es un pan de la corrupción, producido y salido de la raíz de la corrupción; mientras que el pan del que Cristo dijo en el Evangelio “Tomad y comed de él, etcétera” es el Verbo de Dios… De todo ello, concluyeron que la palabra de Dios era el pan del que se habla en el Evangelio y, por lo tanto, que el Verbo era el cuerpo de Cristo5

El texto deja claro las diferencias que separaban a las dos iglesias. Los cátaros rechazaban categóricamente el milagro  de la transubstanciación, estos es, de la conversión total del pan en el cuerpo de Cristo durante la Eucaristía. 

   Los  cátaros,  practicaban dos únicos sacramentos, “la bendición del pan” y el “Consolamnetum”. La bendición del pan no se celebraba en el templo, sino en las casas, en cada comida. Para los cátaros, el “pan”, el verdadero alimento santo, era la palabra de Dios, el Verbo, o explicado en términos más actuales, las radiaciones puras provenientes del mundo divino, pues solo tales radiaciones espirituales, son capaces de transmutar el hombre natural y despertar en quien las recibe, el Cristo interior  

   En la misma  deposición se nos dice la opinión de los cátaros respecto a la acción de los cruzados, señalando que  su labor no tenía ningún valor y no redimía en nada los pecados del hombre, para señalar a continuación que la cruz que llevan los cruzados a ultramar no debería ser la de los objetos visible y corruptibles, sino “la cruz que es de buenas obras, y de verdadera penitencia, y de buena observación de la Palabra de Dios, ya que así es la Cruz de Cristo, y quien obra así sigue verdaderamente a Cristo, y se olvida de sí mismo, y carga con su propia cruz, que no es una cruz de corrupción6”.

SOBRE LA CRUZ Y LA CRUCIFIXIÓN

Una vez más, la cita nos permite comprender cuan alejados estaban los conceptos de ambas iglesias, pero sobre todo, deja entrever, de manera sutil, que los cátaros no entendían en modo alguno la crucifixión de Cristo  en el sentido literal que ha impuesto la iglesia romana, sino como un trabajo de purificación interior, de morir a los deseos y apetitos de mundo, una renuncia al egocentrismo. 

LA CRUZADA CONTRA LA HEREJÍA CÁTARA 3
Cruz cátara.

Los cátaros consideraban que los sufrimientos de Cristo en el Gólgota, fueron muy superiores a los que podría soportar un cuerpo humano, pues “sufrió en espíritu”; y “tuvo las torturas del alma, la agonía de Getsemaní. Pero no murió: un Dios no puede morir

    Este es, sin duda, uno de los aspectos más antagónicos de ambas iglesias. Mientras la iglesia romana basa la redención en el hecho histórico acontecido una sola vez  en el Gólgata,  para los cátaros, la muerte de Cristo, es ante todo un echo simbólico  que debe acontecer diariamente en el candidato. Cada hombre que aspira a la salvación, debe  morir al mundo, sus vanidades  y sus deseos. Pues solo por la muerte de los lazos terrenos,  es posible  la “resurrección”, no la resurrección, claro está, del Cristo histórico, sino del Cristo interior, del Dios personal.

SOBRE LA REENCARNACIÓN

Los cátaros, por otra parte,  creían en la reencarnación, como se desprende de la deposición de Sibylle Péire ante la Inquisición, donde refiriéndose a los clérigos romanos, dice:

“Que estaban ciegos y sordos, puesto que no veían ni oían la voz de Dios por el momento. Pero al final, aunque a duras penas, llegarían a la comprensión y al conocimiento de su Iglesia, dentro de otros cuerpos en los que reconocerían la verdad7”. 

El término “dentro de otros cuerpos”, alude claramente a la necesidad de numerosas reencarnaciones, antes de poder encontrar la verdadera comprensión. Por ello, el mensaje de los cátaros, pese a que a primera vista pueda parecer falto de alegría, era un mensaje lleno de esperanza. Rechazaba de pleno los castigos de un infierno eterno inventado por la iglesia de Roma, y abogaba por la salvación de todos los hombres, tras un inevitable proceso de peregrinaje y purificación del alma, llevado a cabo en diversos cuerpos materiales.

   Tras lo expuesto, podemos comprender claramente, la animadversión que la Iglesia de roma ante la Iglesia del Amor, del  Espíritu Santo, la Iglesia cátara.

La Iglesia que huye y perdona y la iglesia que posee y mata

En uno de los muchos  testimonios narrados ante los inquisidores, uno de los testigos cita las palabras que recuerda de las predicaciones de Pierre y Jacques Authié, dos de los últimos cátaros occitanos. En el documento leemos como el Buen Hombre dice:

“Hay dos Iglesias: una huye y perdona. La otra posee y mata, la que huye y perdona es la que sigue el camino recto de los apóstoles: no miente  ni engaña. Y esta Iglesia que posee y mata es la Iglesia romana”.

El hereje me preguntó entonces cuál de las dos Iglesias consideraba yo mejor. Respondí que estaba mal poseer y matar. Entonces el hereje dijo: “Nosotros somos los que seguimos el camino de la verdad, los que huimos y perdonamos”. Le respondí: “ Si de verdad lleváis el camino de verdad de los apóstoles, ¿por qué no predicáis, como hacen los curas, en las iglesias?”

Y el hereje contestó a esto: “Si hiciésemos eso, la Iglesia romana, que nos aborrece, nos quemaría enseguida”.  

Le dije entonces: “Pero, ¿por qué la Iglesia romana os aborrece tanto?” 

Y el hereje contestó: “Porque si pudiésemos ir por ahí predicando  libremente, dicha  iglesia romana ya no sería apreciada; en efecto, la gente preferiría escoger nuestra  fe y no la suya, porque no decimos ni predicamos otra cosa que la verdad, mientras que la Iglesia romana dice grandes mentiras”.

Con lo expuesto hemos intentado resaltar los aspectos más significativos de la religión cátara, la religión del Paráclito, la religión del Amor. 

NOTAS

  1.  Deposición de Sibylle Péire, cita de “Las mujeres cátaras”, pág. 373 y 374.
  2. Deposición de Sibylle Péire, cita de “Las mujeres cátaras”, pág. 373 y 374.
  3. Deposición de Arnaud Sicre ante Jacques Fournier, cita de “Las mujeres cátaras”, pág. 384.
  4. Colección, Dota, 15, p.57) Cita de “La herencia de los cátaros. El druidismo”, pág.6
  5. Deposición de  Pierre de Gaillac ante Geoffroy de Ablis, cita de “Las mujeres cátaras”, pág. 381 y 382.
  6. Deposición de  Pierre de Gaillac ante Geoffroy de Ablis, cita de “Las mujeres  cátaras”, pág. 381 y 382.
  7. Deposición de Sibylle Péire, cita de “Las mujeres cátaras”, pág. 388.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • BRENON, ANNE, Las mujeres cátaras, ed. Tikal, Barcelona.
  • BRENON, ANNE, Los cátaros, hacia una pureza absoluta, ed. B, Barcelona, 1998.
  • Documentos cátaros (La cena secreta, El libro de los dos Principios, Ritual Occitano), Muñoz  Moya y Nontraveta editores sa, Sevilla, 1989.
  • GADAL, ANTONIN, La herencia de los cátáros, el druidismo, ed. Rozekruis Pers-Haarlem- Paises Bajos.

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